Jurassic World

Francisco Albanese

Fui al estreno de Jurassic Park cuando tenía 8 años, en 1993. Quizás por la edad, quizás por lo real de los efectos, Jurassic Park me infundió miedo, y también una gran curiosidad por la genética, y por la capacidad de traer de vuelta a la vida a animales extintos hace muchos millones de años. Vi todas las secuelas (algunas peores que otras), y el año pasado, cuando se empezó a hablar de la inminente exhibición de Jurassic World, en mi mente se activó mi infantil dinomanía, algo mucho más profundo y antiguo que mis nociones de la moral, del mundo, de la vida y de saber que Spielberg era sionista (algo que nunca me ha importado), y, definitivamente, la idea de ver, nuevamente, a velociraptors, triceratops y pteranodons, y al viejo T-Rex que ya tiene más de veinte años, era algo sumamente atractivo.

Dirigida por Colin Trevorrow (Steven Spielberg optó por la producción) y mucho menos seria, menos terrorífica y menos densa que Jurassic Park, Jurassic World es una historia basada en la novela de Michael Crichton Jurassic Park (que nunca he leído, para ser franco), con muchos guiños a la primera película de la saga (lo que le otorga ciertos momentos nostálgicos que ayudan a desenterrar memorias que se creían perdidas pero estaban latentes – bengalas y velociraptors pintados en la pared incluidos), y con un interesante trasfondo que merece la pena ser mencionado y discutido. Además, Jurassic World – al igual que Jurassic Park – cuenta con una banda sonora hipnotizante y majestuosa, que si bien no fue compuesta por John Williams (como las anteriores), la obra compuesta por Michael Giacchino no tiene nada que envidiar y es una justa heredera de Jurassic Park.

“Jurassic World”, tal como la idea inicial de “Jurassic Park”, es un parque temático cuyo atractivo consiste en dinosaurios “vueltos a la vida” por medio de la ingeniería genética y unos cuantos millones de dólares (“No repares en gastos”, Hammond dixit). Al igual que “Jurassic Park”, “Jurassic World” está emplazado en la isla Nublar, aunque las viejas instalaciones de “Jurassic Park” se mantienen en ruinas, abandonadas tras el desastre acaecido en el primer parque, cuando John Hammond buscaba que “Jurassic Park” fuera avalado por expertos.

Como todo parque temático, i.e., producto, en un mundo con un capitalismo descarnado, y con una comodidad propia de un período de paz permanente (lo que guarda un enorme parecido con la fase de declive del Imperio Romano), el pan y circo repetidos no bastan, lo que obliga a los inversores del parque a apostar por dinosaurios cada vez “más grandes y con más dientes”. Es así como un Mosasaurus – reptil marino que tuvo su reinado como “el terror de los mares” – vuelto a la vida es modificado genéticamente para que mida el doble de su tamaño (que, según los fósiles, alcanzaba unos 15 m), y no sólo eso, sino que un equipo de científicos de InGen (comandado por un oriental –Dr. Wu–, que junto al socio mayoritario de origen indio Simon Masrani –que es quien continúa la obra del desaparecido John Hammond– y un amaestrador de velociraptors de origen africano completan la cuota de corrección política hollywoodense, puesto que no se distinguen más minorías) idea especímenes (híbridos, transgénicos, modificados) que luego propone a la junta de inversionistas, quienes aprueban su elaboración según los resultados de estudios de mercado. En esta utilización de los animales como un espectáculo no sólo se refleja un profundo antropocentrismo derivado del teocentrismo semítico, sino también un desprecio rotundo a la vida no humana. En el Antiguo Testamento puede leerse un pasaje donde Dios pone a Adán sobre la tierra para que sea señor de las bestias. Cuando Dios ha sido olvidado, el hombre pasa a ocupar su lugar, en vez de asumirse como uno entre pares con el resto de la naturaleza. Las palabras de Vic Hostins, un ejecutivo de InGen interesado en el uso de velociraptors para fines militares, son un claro indicador: “nosotros los creamos, somos sus dueños”.

Owen Grady es el macho alfa de un grupo de cuatro velociraptors hembras (Blue, Charlie, Delta y Eco), una suerte de Werner Freund pero en versión joven, americana y rodeada de dinosaurios, dedicado a amaestrar a los velociraptors en labores de search & destroy. Vic Hostins ve en los velociraptors un potencial uso militar, idea que es desestimada por Owen Grady, pues considera que los animales no deben verse envueltos en asuntos humanos, y porque, por su misma naturaleza animal, son impredecibles. Esto es correcto, pues aun con un entrenamiento riguroso y con respuestas condicionadas a ciertos estímulos, las bestias pueden dejar fluir sus instintos más allá de las estructuras de orden.

InGen elabora lo que se supone será la atracción absoluta: el Indominus Rex, dinosaurio que presenta genes de otros carnívoros extintos, además de sepia y rana arborícola, entre otras especies. Inicialmente se había logrado una pareja de hembras, pero finalmente sólo quedó una, ya que una se comió a la otra. El I-Rex es más grande que un T-Rex y más inteligente que un velociraptor lo que, unido a que posee otras características heredadas de los genes de los demás animales que fueron utilizados para completar las cadenas de ADN, y a la falta de socialización provocada por el encierro y aislamiento del ejemplar de I-Rex, hace que este dinosaurio de laboratorio sea una peligrosa arma dominada por el caos. Respecto a este caos, cobran sentido nuevamente las palabras del matemático Ian Malcolm, presentado en Jurassic Park y Lost World, seguidor de la Teoría del Caos: “la vida se abre camino”. En este caso, la vida se abre camino a través de un rastro de muerte: para la I-Rex, que se fuga de su jaula mediante inteligentes artimañas, todo ser vivo con el que se encuentra es desconocido, lo que hace que ésta asuma que puede residir un peligro en lo desconocido, a lo que se adelanta matando a lo que encuentre antes de que lo desconocido acabe con ella. Bellum omnium contra omnes.

Cuando la destrucción ocasionada por la I-Rex se generaliza, la gente de “Jurassic World” acude a Vic Hostins para que haga uso de los velociraptors para darle caza, algo que se sale de control cuando la I-Rex logra comunicarse con los velociraptors, reemplazando a Owen Grady como alfa. Una serie de acontecimientos provoca que los velociraptors que primeramente se habían rebelado contra Grady, terminen rebelándose contra la I-Rex.

Un orden que se hunde en el caos y vuelve a estar en orden gracias a las fuerzas del Caos.

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