“Compartir” es indulgencia

Cada perro reventado, cada niño con cara de sufrimiento, cada animal despellejado vivo, cada cuestionamiento al poder, cada clamor que se publica en redes sociales es un globo con agua que choca contra una pared de concreto cubierta con clavos, y con cimientos de 10 metros.

Cada imagen que se publica en redes sociales virtuales de algún niño cubierto de moscas reflejando la cruel realidad de un estado fallido, mal gobernado por líderes locales abusadores, ávidos de poder y verdaderos carniceros que se entregan a los placeres de la sangre y la muerte sencillamente porque pueden, cada imagen de heridos y muertos por bombardeos ejecutados por las potencias que tú crees que dominan al mundo, es una cuota de insignificancia que es jugada por el usuario.

El botón que anula tu naturaleza.

Cada petición virtual por la disminución de sueldo de los políticos, cada documento revelado donde se explica a la población el robo de bienes públicos por parte de funcionarios estatales, cada video donde se hace pública la contaminación sin precedentes que están sufriendo entornos que en tiempos prístinos eran puros, cada planilla de remuneraciones de senadores y diputados que excede groseramente lo que jamás podrás recibir a costa del trabajo que tanto que ha costado obtener, es un lamento de insecto gritado contra el viento.

Pero no te confundas: en este caso, la unión no hace la fuerza, y ni un millón de gritos de insectos juntos logrará que Eolo detenga su furia para escuchar lo que la masa común e insignificante tenga que decir. Peor aún, menos posibilidades hay que, en el caso remoto y casi improbable que los insectos sean escuchados, efectivamente la voluntad insecta sea tomada en cuenta y se logre lo que la multitud anhelaba.

El único caso en el que la voluntad insecta cae en tierra fértil, es cuando el poder superior (disfrazado de el bien mayor) estima que, después de tantos golpes, latigazos y patadas propinadas a los asnos, es tiempo de hacer un cariño complaciente que calme a las masas, de manera de asegurar su fidelidad, aunque sin otorgar la excesiva confianza para que se vuelva una costumbre.

Cada vez que eliges compartir información por redes sociales esperando que otros, tan descontentos como tú, se indignen y hagan que el mundo cambie a su favor, lo que realmente haces es engañarte, masturbarte con una lucha ficticia y complacerte de los “cambios” que estás provocando desde tu aparato electrónico.

La única manera.

Pero no: no estás declarando ninguna guerra, no estás salvando a nadie del hambre ni tampoco incitando que otros luchen contra ella, no estás haciendo estallar una revolución, no harás que el Gobierno cambie y definitivamente no estás haciendo ningún cambio en el devenir histórico que tanto te afecta.

Tus opciones son claras: sales a la calle a destruirlo todo y linchar a los políticos que sientes que te están cagando, haces aportes monetarios para que las facciones que crees que están luchando justamente compren armamento (en vez de “compartir” imágenes ridículas de apoyo que, en realidad, no van a provocar que tus amigos de facebook tomen un fusil), haces estallar una revolución que queme todo hasta los cimientos… o sencillamente dejas de promover causas desde tu juguete electrónico y de autoengañarte porque realmente no estás haciendo ningún cambio.