Que las magdalenas lloren

Sebastián Vera

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EEUU HOMOSEXUALES

Ayer viernes 26 de octubre la Corte Suprema de Estados Unidos declaró legal el matrimonio homosexual en todo el país, debiendo los Estados que aún no lo habían legalizado acatar la decisión del máximo tribunal. Estamos sin duda frente a una inapelable victoria del progresismo y a un atropello a las libertades de cada Estado parte de la Unión, considerando que la legalización del matrimonio igualitario pasa por encima de la mayoría de los habitantes de varios Estados que, por el motivo que fuese, están en contra lo decidido por los miembros de la Corte Suprema de ese país. Al parecer, a los promotores por excelencia de la democracia se les olvida aplicar en casa los principios que, supuestamente, tanto predican. Es muy probable que los argumentos que muchos de los que están a favor del matrimonio tradicional se basen en la psicótica mitología desértica, en un conservadurismo capitalista vacío, prejuicios infundados o en una patética moral judeocristiana. Sí, quizás los argumentos de los que están en contra se basen en lo anterior o incluso en cosas con menos sentido, pero ¿alguien le pide motivos a aquellos que están a favor de medidas inspiradas en el pensamiento de la Escuela de Frankfurt? ¿O la inteligencia y la información son exigidas sólo a aquellos que se oponen a los que exigen derechos “inherentes” a la naturaleza humana? Pero ¿no es así como funciona la tan querida democracia? ¿En un “sí” o un “no” sin ahondar más en razones? Como ya es la tónica, la opinión de la mayoría sólo importa y se respeta cuando está a favor de los intereses de los propietarios de los grandes grupos bancarios y de holdings empresariales (sí, estimados progres, ustedes les hacen el trabajo, así que por favor no se crean el cuento de que son “rebeldes”, porque nadie más que ustedes les siguen el juego a los que, imaginariamente, consideran sus enemigos) y, como bien pregunta Dave Mustaine, it’s still “We the people,” right?

Sin perjuicio de lo anterior, y sin considerar tampoco la vomitiva y cursi expresión masiva de corrección política en Washington, no se acaba el mundo. De hecho, probablemente, desde un punto de vista identitario y lamentablemente para los ya conocidos abanderados del pantalón Dockers, partidura al medio, iglesia los domingos, y marchas militares y banderas tricolores todos los septiembres, el hecho podría considerarse, en cuanto a sus consecuencias globales (a ver si se enteran que la Corte Suprema estadounidense no tiene jurisdicción en Chile… o por lo menos no formalmente), como de ninguna importancia. Seamos serios, la homosexualidad siempre ha existido y lo más probable es que siempre exista. Nos guste o no, no se puede negar porque es un hecho. Y no porque se legalice el matrimonio entre hombres con hombres y mujeres con mujeres, el porcentaje de homosexuales va a aumentar, o no porque no se legalice la cantidad de homosexuales va a disminuir por arte de magia y los gays y lesbianas dejarán de serlo y se convertirán en ultra-derechistas hechos y derechos. Eso no tiene ningún sentido. El estado civil de casados sólo regula una situación patrimonial entre dos personas, sólo reconoce una situación que ya existe.

En cuanto al movimiento homosexual, su organización para exigir que se los tratara con respeto y que no se los escupiera por sus gustos (cualquiera que sea la causa de estos) era quizás necesaria en su momento. Sin embargo, lo que ocurre ahora es que a la homosexualidad se le hace propaganda, se la hacer ver como algo loable y digno de admiración, junto con denostar a los distintos roles y estereotipos de masculinidad que han regido las vidas de los pueblos europeos durante miles de años. Y con esto no me refiero al machismo semita propio del cristianismo, algo completamente ajeno a la igualitaria, pero al mismo tiempo diferente, posición que tenían tanto el hombre como la mujer en las culturas paganas europeas.

No es la homosexualidad lo que debería preocuparnos, sino el mensaje de odio hacia lo heterosexual (el que, por supuesto, no es correcto achacarlo a todos los homosexuales) junto a la ya conocida ideología de género. Que la gente en su vida privada haga lo que quiera, pero que no nos bombardeen con propaganda (porque ya es eso, un verdadero llamado a unirse a las filas del arcoíris) ni nos adoctrinen por medio de las escuelas ni en las diversas expresiones de la cultura. Sólo como sugerencia, se podría empezar por acabar con la sexualización de la sociedad, quizás la causa de todos los males en este sentido porque, así como el funcionamiento del liberalismo en un país racialmente homogéneo y conservador dura hasta cierto punto, porque tal situación es contraria a los mismos preceptos básicos del liberalismo, la sexualización de la sociedad, aun cuando en un principio esta sea de carácter heterosexual, termina derivando en la situación en la que se encuentra la sociedad occidental hoy. Todo cae por su propio peso. Toda idea fluye y deriva finalmente en aquello que es consecuencia intrínseca y lógica de sus postulados fundamentales.

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Los eventos deben analizarse de forma objetiva, ya que esta es la única manera en que se pueden, en el caso que sea, combatir. Lo digo porque no faltan aquellos que usan como argumento estrella (y pseudo-biológico) lo de que la homosexualidad es contra natura. Pues bien, ¿y qué es natura? Menciono esto porque si nos metemos en la cama de cada pareja muy probablemente hayan juegos previos o posiciones que de natura tienen muy poco. Con argumentos tan débiles lo único que hacen es dejarse en ridículo a ellos mismos y a todos los que tenemos opiniones contrarias al establishment de la corrección política.
Entonces, ¿cómo, desde qué punto de vista, abordar el tema? Por lo menos a mi como identitario, el que Jesús se enoje, la transgresión de valores o dogmas, o lo de la natura (considerando que soy arqueofuturista) no me puede importar menos. Lo único que me molesta o más bien, me preocupa (de hecho, me duele en el alma) es que muchos blancos no tendrán hijos blancos. El resto es accesorio.

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