Caelum non animun mutant qui trans mare currunt

Patricio Villena

Si bien el problema de la inmigración viene aquejando fuertemente a Europa desde ya hace algunas décadas, es, sin lugar a dudas, durante las últimas semanas que se ha vivido el punto más álgido de una problemática que pareciese no tener fin, o no por lo menos mientras el actual régimen económico-político (porque es la economía lo que mueve en la actualidad a la política y no al revés) siga prosperando a pesar de su profunda crisis, la que amenaza más con provocar en –el mediano plazo– un colapso del mismo antes que un derrocamiento por sublevación popular.

Hoy en día, las fronteras europeas parecen una zona sitiada esperando el momento para ser abordada por verdaderas hordas masculinas; porque, diciendo las cosas como son, la gran mayoría de los “refugiados” son hombres entre los 20 y los 40 años, en plena flor de su vida, y no familias, mujeres o niños, los que son sobreexplotados por los medios de comunicación en cada oportunidad que tienen.

Diciéndolo en términos crudos, lo que vive actualmente Europa se asemeja más a una invasión de langostas rumbo a devorar las siembras que a una oleada migratoria como de las que fuera testigo el mundo durante el siglo XIX, donde cientos de barcos con europeos cruzaron el Atlántico hasta llegar a las costas americanas. Al igual que lo se dice de los migrantes hoy, también eran personas sufrientes, carentes en muchos casos de los más básicos elementos para sobrevivir y que, al igual que los actuales indocumentados que inundan Europa, escapaban de terribles escenarios bélicos, aunque su comportamiento era totalmente distinto. La similitud racial y cultural hacía que el encuentro, por más que la formación de guetos y comunidades se diera fácilmente entre los huéspedes así como el rechazo de ciertos grupos locales –basta recordar el caso entre irlandeses y estadounidenses–, la reestructuración social de la comunidad receptora y el choque entre ambos grupos jamás fue tan duro como el que se vive hoy. Mal que mal, ambos grupos eran, generalmente, hijos de la misma raza y de un legado cultural y volitivo común.

Nadie desconoce la situación problemática y el drama humano que aqueja a la zona del Oriente Medio, la que puede llevar –y  que lleva– a la desesperada  situación de decidir dejar todo atrás para emprender un viaje sin un futuro claro. Nadie desconoce que la migración es un hecho de la vida que ha contribuido a la formación de los distintos grupos humanos que conforman nuestra especie así como la realidad del mundo, pero lo que hoy se vive en Europa es una verdadera colonización tapada por cortinas de humo lanzadas por el fuego de cobertura mediático.

Los videos de las familias lanzadas a la peligrosa travesía de cruzar todo un mundo,  las embarcaciones que han sucumbido ante la furia del mar –algo así como una obra piadosa de Poseidón ayudando al pueblo que lo ha cambiado por una religión que alaba la debilidad y la compasión igualitaria– y la utilización de la foto de un pobre niño que ha muerto en las costas de una isla griega, han sido el material predilecto con el que los mass-media han bombardeado durante toda una semana al mundo, con el fin de ablandar aún más el corazón de los ya sensibilizados europeos y compadecer a todo el mundo sobre una situación que no es posible de dimensionar por quien no la ha vivido, por quien no se enfrenta a verdaderas masas humanas desatando el caos tras su paso.

Dicha campaña de sensibilización ha sido lo suficientemente potente como para tapar todos los videos y registros de los enfrentamientos entre “refugiados” con las fuerzas de seguridad y con la población local, cubrir todos los destrozos que ya han dejado los  “refugiados” a su paso, para acallar las noticias que hablan sobre el aumento exponencial del delito de violación entre las mujeres europeas a manos de inmigrantes, o para, sencillamente, enmudecer el grito de muchos europeos pidiendo cerrar sus fronteras o destinar la ayuda del Estado primeramente a ellos antes que a un extraño.

Estamos acostumbrados a tratar la inmigración como un asunto meramente económico. Lo que no deja de ser una  de sus realidades y una de sus aristas principales, pero no la más importante.

Es una realidad que bajo el sistema de libre mercado, que no tiene nación  más allá de la que le pueda reportar mayores utilidades, el inmigrantes es un número más que le permitirá poder ofrecer menores salarios al existir mayor disponibilidad de fuerza trabajadora, lo que necesariamente repercute en el bolsillo de los locales; también suele suceder –como acontece en la actualidad en Europa– que al existir un flujo constante de inmigrantes indocumentados, el sistema de bienestar social sostenido a base de los impuestos de los contribuyentes termina colapsando, siendo los más afectados los nacionales que, generalmente, por más mal que estén, son postergados por los filántropos, humanitarios y xenofílicos gobiernos europeos etnomasoquistas cargados de un sentimiento de culpa sin parangón. Junto a las situaciones anteriormente señaladas, se encuentra la cuestión referente a la baja natalidad europea en comparación a los grupos de inmigrantes. Mientras la población europea se vuelve cada vez más anciana, los grupos inmigrantes tienen cada vez más niños, asegurando una continuidad en su estirpe y una fuerza vital que terminará aplastando en pocas décadas a una Europa anciana y carente de fuerza viril para defenderla.

Pero bueno, eso ya es parte habitual del discurso europeo  respecto a la crisis inmigratoria y lo seguirá siendo. Lo que ha sido distinto en esta ocasión en la valorable posición del Estado húngaro, el que ha cerrado sus fronteras y se ha prestado a protegerlas.

Pareciese ser que el Premier húngaro Viktor Orban hubiese escuchado alguna parte de la última charla de Alain de Benoist referente a la identidad, puesto que, si no me equivoco, por primera vez entre la clase política europea –por lo menos en lo que respecta a un representante del Gobierno de turno– se ha utilizado derechamente un fundamento no económico para atacar la problemática inmigratoria.

Pero, como bien dice Alain de Benoist, el factor más importante y central dentro de la problemática inmigratoria es la destrucción de las identidades. Es en este sentido que el discurso dado por el Premier húngaro toma relevancia, toda vez que se aleja del elemento económico para centrarse en elementos que, si bien son culturales, señalan como diferentes al pueblo dueño de casa en relación al pueblo visitante. Fundamento que se me mueve en la lógica del nosotros y los otros.

Dice el Premier húngaro Viktor Orban:

Esto no es por lo que hemos trabajado y no es por lo que hemos luchado en las guerras mundiales, el comunismo, el cambio de régimen después del comunismo y una crisis económica. Tuvimos y tenemos un concepto diferente del futuro húngaro y europeo. Queremos vivir en orden, paz y seguridad. No queremos caos”

“Hungría es un país con una cultura cristiana de mil años”

“Los húngaros no queremos que el movimiento global de personas cambie a Hungría”.

Las declaraciones del Premier húngaro le han bastado para convertirse en un ser inhumano e insensible ante el dolor del mundo por la situación del Medio Oriente, pero, al parecer, eso no le ha importado en lo más absoluto, puesto que su discurso se llevó a la acción y hoy las fronteras húngaras se encuentran resguardadas por las fuerzas de orden y seguridad, repeliendo cada embestida de la masa humana que intenta cruzar a cualquier precio por la frontera húngara.

Estas declaraciones se desmarcan claramente del tono con el que todas las anteriores discusiones sobre el tema inmigratorio se han tratado. Escuchamos por primera vez hablar desde un punto de vista diferenciador, asumiendo la heterogeneidad de los pueblos por sobre la homogeneidad implantada por la perorata del Sistema. Si bien, como dije con anterioridad, se puede desprender que la base de esta postura puede ser una cuestión cultural, en este caso religiosa, creo que no es imposible asumir que tras la visión del húngaro cristiano que ha desarrollado su forma de vida según los preceptos de su fe, también se puede observar la fisionomía de un europoide con una cultura Occidental; no es imposible suponer que cuando Viktor Orban habla de húngaro cristiano, ve a un caucásico sosteniendo la cruz, y no a un sujeto africano o del Medio Oriente renegando su fe para sostener el símbolo del Buen Pastor.

¿Serán las declaraciones del Premier húngaro el cambio de visión respecto a la situación europea, desde un punto de vista netamente economicista a uno con atisbos identitarios, que todos (nosotros) deseamos? Esperemos que así sea y que la politiquería –anti– europea sufra un cambio de timón, orientado precisamente a salvaguardar el bienestar de los suyos por sobre los otros, más allá de cualquier presión que puedan imponer organismos supranacionales.

Si hay algo que está claro, es que por más importantes que pueda resultar las declaraciones de un representante de Estado de un gobierno europeo y su actuar en concordancia con el mismo con el fin de cautelar el bienestar de su población, no deja de ser un hecho aislado en una Europa que sigue repartiéndose cuotas de inmigrantes mientras han millones de bocas en sus patrias esperando un pan para llevar a sus bocas.

Ridículo, más allá del fundamento leguleyo de fondo, resultan situaciones como las vividas en estos días por centros comunitarios europeos como Hogar Social Madrid, que ha sido desalojado dejando a decenas de familias españolas sin hogar y a otras centenares sin un plato de comida, mientras que el Gobierno de Rajoy se compromete a meter miles de refugiados en sus fronteras, asegurándoles un techo, comida y trabajo; incomprensible resulta el que Francia, que ya cuenta con decenas de ciudades donde solo queda la infraestructura gala, siga acogiendo a un pueblo que ya ha demostrado lo que es capaz de hacer cuando su número aumenta lo suficiente como para transformarse en una fuerza de ocupación circunscrita a sus zonas de residencia, donde incluso las fuerzas del Estado no son capaces de intervenir.

Para el ciudadano común acá existen dos enemigos que convergen bajo el control de un solo gran poder:

  • La politiquería, que ha olvidado que su principal responsabilidad está en cautelar un buen vivir para su gente; y
  • Las olas de inmigrantes que amenazan con atentar contra su ya frágil subsistencia.

La actual política desarrollada en Europa –y en prácticamente todo el mundo– ya ha demostrado que se encuentra  al servicio del sistema neoliberal y del Moloch financiero. Sus funciones destinadas al bienestar de la población se han ido recortando con mayor fuerza a medida que pasa el tiempo; sus sistemas educacionales apuntan ya no a generar personas capacitadas para enfrentar la vida sino que buenos empleados (¿esclavos?); el costo de la vida se ha encarecido cada vez más, transformando al dinero en preocupación constate del diario vivir, desviando el foco de atención ante problemas más profundos; las extenuantes jornadas laborales agotan las mentes, cuerpos y espíritus de la población, facilitando la sumisión sin resistencia; la implantación de una nueva visión valórica del mundo ha transformado las bases de nuestras sociedades, minando instituciones tan importantes como es el familia y mermando los naturales roles que antiguamente iban aparejados de lo que significaba ser hombre o mujer. En consecuencia, nos encontramos con una sociedad debilitada que mediante su búsqueda de la libertad camina rauda a su autodestrucción.

Es que cuando se pone a la libertad por sobre la vida todo se va al carajo, toda vez que uno necesita vivir para poder ser libre. Hoy somos, según lo que nos dicen, “muy libres”, pero vivimos la libertad de un becerro que se encuentra en periodo de engorda hasta la hora de su muerte. Nuestras libertad se ha cobrado el precio del verdadero vivir, de lo que en la antigüedad implicaba sentirse vivo, más allá de lo meramente biológico.

Ante la debilidad de la sociedad europea actual, choca como un tren sin freno una población inmigrante extremadamente instintiva. Su importante tasa de reproducción, su fuerte cohesión como grupo, sus valores distintos frutos de una religión y cultura diferente, forjándose todo lo anterior en un ambiente bélico constante, son una tremenda amenaza para una población europea que se ha acostumbrado a recibir los golpes puesto que son producto de su terrible historia genocida o a sencillamente huir, dejando su tierra libre para que más y más inmigrantes vengan a fortalecer las primeras líneas de su ofensiva contra la tierra del infiel.

El inmigrante que hoy recibe Europa no es ser con ánimo de integración, no busca aprender de la vida europea para adaptarse a ella. El inmigrante que viaja a Europa es un individuo que aguarda calmo hasta conseguir la fuerza suficiente que le permita exigir a los gobiernos europeos que acepten su forma de vida y que se adapten a ella, ya sea por las buenas o por las malas. Abrir las fronteras para su llegada es solo ayudarles a precipitar el fin de Europa como se ha conocido durante miles de siglos.

Ante la política en Europa que ha destruido las bases de su población, que ha propiciado la invasión de su tierra y que ha contribuido a complejizar aun más el diario vivir en el Viejo Mundo respondiendo a las demandas de su líder mundial (el poder económico) es que la población debe comenzar a tomar una postura mucho más activa y mucho más confrontacional: no sólo ante el problema que significa la inmigración descontrolada, sino que ante todas las vicisitudes actuales. La única opción, ya que casi todas las instancias se han agotado, que le queda al ciudadano europeo es manifestarse violentamente contra su gobierno hasta que éste se decida a tomar cartas en el asunto, parando la enajenación de su población, frenando el ingreso de documentados e indocumentados que terminan siendo una carga para el ciudadano que con su esfuerzo ayuda a forma el patrimonio estatal, así como reclamando su tierra de quienes han llegado sin invitación a imponer su modo de vida. Deben dejar de aguardar que el gobierno actúe por ellos, deben dejar de aguardar que la policía retome el control de las calles y les brinde mayor seguridad., deben dejar de aguardar que otros realicen el trabajo que ellos deben cumplir.

El europeo debe comprender que el único capaz de cambiar su vida (enfrentando a la politiquería y sus irracionales dictámenes) y resguardar su vida (ante el peligro que implica una horda viril y cohesionada de inmigrantes) es él. La unidad del Pueblo ante cualquier división que ahora más que nunca resulta ser inoficiosa ante un Sistema que nos quiere joder a todos por igual es el único camino que le permitirá luchar de manera eficaz.

Actuar violentamente tanto contra el enemigo interno (politiquería) como externo (inmigrantes), transformando sus vidas en tan miserables como las suyas, mientras se generan las instancias que permitan el resurgimiento de la idea de un destino común y de la necesidad de estar unidos contra el diferente, será el único sendero que permita al europeo realmente vivir… o a lo menos morir habiendo vivido.

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