No existe la ‘mayoría silenciosa’

Francisco JavGzo

Compromiso - myDonor España

En Dark Knight Rises, Bane, probablemente uno de los más inteligentes enemigos de Batman, le explica al detective el fondo de la tortura para castigar ya no su cuerpo, sino que su alma: (…) aprendí la verdad sobre la desesperación, al igual que tú. Hay una razón por la que esta prisión es el peor infierno de la tierra… esperanza. Cada hombre que se ha podrido aquí a lo largo de los siglos ha admirado la luz e imaginado escalar hacia la libertad. Tan fácil… Tan simple… Y como los hombres naufragados que recurren al agua de mar por sed incontrolable, muchos han muerto en el intento. Aprendí aquí que no puede haber verdadera desesperación sin esperanza. Así que, mientras aterrorizo a Gotham, alimentaré a su gente con la esperanza para envenenar sus almas.

Si la idea del votante informado –ese mítico personaje que está constantemente barajando datos e información para discernir cuál opción es la más adecuada– envenena a la democracia alimentando la esperanza de algo virtuoso que está por llegar. Mitos democráticos que hacen creer que la democracia puede ser mejor.

Una de las esperanzas que más han envenenado la mente —y el alma, también— de la derecha en Chile es aquélla de la mayoría silenciosa: ese mítico grupo de personas que, aunque no expresen sus opiniones públicamente, estarían guiadas por el sentido común, la prudencia y la discreción; ese grupo que formaría el verdadero «cuerpo de la nación», en oposición a las muchedumbres bulliciosas. En la derecha, estas muchedumbres bulliciosas que, en teoría, no representan a la mayoría silenciosa, han sido fatalmente subestimadas e infravaloradas en los últimos dos años: ya sea cuestionando la cifra de un millón de personas de «La marcha más grande de Chile», como después cuestionando la representatividad del número de personas respecto de la opinión general del país (que correspondía, supuestamente, a la mayoría silenciosa que no estaba representada por la marcha), se cometió el error de no leer lo que decían los muros, ni las demandas que se fraguaban desde hace unas cuantas décadas en ambientes alguna vez despolitizados.

El padrón electoral de Chile está compuesto por casi quince millones de personas, para una población de unos 18 millones de personas, es decir, unas 8 de cada 10 personas en el país estaría en condiciones, al menos etarias, de sufragar. Un poco más de 6 millones de personas votaron en las elecciones de mayo 2021, es decir, un 41% (menos de la mitad) del padrón electoral.

Algunas voces en la derecha hacen optimistas lecturas a partir de estos datos: ¿qué representatividad hay si toman decisiones 3 de cada 10 habitantes, en vez de tomarlas 8 de cada 10? Inclusive, muestran y comparten vistosos gráficos donde las cifras de la izquierda no serían tan mayoritarias como dicen los discursos. Nuevamente, se comete el error de subestimar las cifras concretas de los enemigos y sobreestimar las cifras que, supuestamente, tendrían los amigos. Esta sobreestimación es un error grave, porque parte su especulación corriendo el riesgo de identificar algo donde no lo hay (falso positivo) en vez de apostar por no identificar algo donde sí pudiera haberlo (falso negativo). Más aún, se parte asumiendo que la muestra (es decir, el número de personas que fue a votar) no es representativa de la población. En cuanto al tamaño de la muestra, mientras más grande sea, aumenta la posibilidad de que sea más representativa de la población… y si bien un número de 6 millones de personas puede no entregar una certeza del 100% (como algunos creen que son las votaciones cuando les toca ser ganadores), lo cierto es que no es tan poco representativo como pretenden hacer creer. Discursivamente, es una derrota honda pues se queda en una posición incómoda y ridiculizable ante el adversario, que sin entender demasiado de representatividad en muestras estadísticas, entiende que sus resultados en cuanto a proporción en la muestra son claros y triunfales.

No vale la pena entrar en discusiones respecto a la representatividad de las votaciones pasadas. Aspirar a lograr la masividad de una especie de posverdad donde se dibuja un país con una –ficticia– mayoría silenciosa (tan o más ficticia que el voto evangélico: otro invento), donde toda la abstención en el padrón electoral en realidad correspondería a un voto que no estaría representado por la muestra que verdaderamente votó, es sencillamente una pérdida de tiempo tan solo asumiendo que difícilmente las masas van a creer que la derrota no es tal y que en verdad es solo una derrota en una muestra estadística que no es reflejo de la realidad, sin siquiera pensar en la terrible posibilidad que la muestra efectivamente sea representativa, y que casi doce de las quince millones de personas habilitadas para sufragar simpaticen con, reflejen y profesen ideas contrarias al modelo imperante. El primer caso es la esperanza para envenenar el alma, el segundo, la liberadora pérdida de la esperanza («perder toda esperanza fue la libertad«) que envenena la mente del ser que sueña con algo mejor ahí, a la vuelta de la esquina, donde está escondida la mayoría silenciosa.

Les haré creer que pueden sobrevivir para que puedas verlos trepando unos sobre otros para permanecer al sol. Puedes verme torturar a toda una ciudad y cuando realmente hayas entendido la profundidad de tu fracaso, cumpliremos el destino de Ra’s al Ghul… Destruiremos Gotham y luego, cuando esté hecho y Gotham sea… cenizas… entonces tendrás mi permiso para morir.

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