¿Habría espacio para un Pinochet en el s.XXI?

Francisco JavGzo

Hace tiempo que en Chile la figura de Pinochet no era tan recordada (en términos positivos) ni estaba tan presente en las disputas metapolíticas ni era ansiada como lo ha sido durante los últimos años, algo que ha sido visto con mucha desconfianza por parte de los sectores de centro, quienes ven en Pinochet una figura que acentúa la polarización (aparentemente sin retorno) que experimenta el país, y también como un reflotamiento de episodios desagradables del pasado (al menos, para un sector de la sociedad), por no mencionar lo alejado que es la dictadura/régimen militar/dictablanda de la democracia (como es entendida ampliamente).

Hace unos cuatro o cinco años atrás, circulaba una muy pegajosa versión de “Holding out for a hero” (originalmente de Bonnie Tyler) con líricas modificadas por Christopher Cantwell, titulada “I Need a Pinochet”, canción que volvió un poco a estar de moda posteriormente al inicio del «estallido social». Y no solo la canción, sino la idea de que era necesario un Pinochet para enmendar la situación y recuperar el perdido estado de derecho. Hasta ahí es, quizás, comprensible, es decir, aplicando la lógica donde el problema identificado –por el diagnosticador– es “comunismo”, alguien que combatió de forma bastante efectiva al comunismo sería la respuesta precisa a dicho problema — es decir, Pinochet. No obstante, por razones mayormente equivocadas, identifican que el problema es una revolución molecular (aunque lo citan como “revolución molecular disipada”).

Pero, ¿necesitamos un Pinochet? ¿Es Pinochet la respuesta?

El nombre «revolución molecular» suele confundir debido a las expectativas que surgen respecto a la forma y fondo, algo esperable, teniendo en cuenta que la sombra del período 1970-1990 se mantiene hasta el día de hoy. El término «revolución molecular» no significa que vayan a presentarse células extremistas financiadas por estados extranjeros (como ocurría frecuentemente hasta hace algunas décadas) descolgadas prendiendo neumáticos y arrojando cócteles molotov a lo largo de todo el país, como podría entenderse desde una acepción más convencional a lo que han sido las revoluciones en Occidente, es decir, festivales extáticos de sangre y fuego, y aún menos se trata necesariamente de una insurrección convencional coordinada para la toma del poder. (Se utiliza «necesariamente» puesto que si bien el proceso desencadenado podría desembocar en una insurrección más clásica en sus formas, no es un paso obligatorio para que sea considerada revolución molecular).

Guattari en su «Integrated World Capitalism and Molecular Revolution» (1981) se formulaba algunas preguntas que denotan implícitamente la naturaleza de esta forma de revolución: ¿Hasta dónde podemos llegar esta revolución molecular? ¿El sabotaje molecular de las subjetividades sociales dominantes nos llevaría lo suficientemente lejos? ¿Debería esta revolución molecular gastar su reserva de fuerzas sociales emancipadoras en participar en luchas por el mero interés a nivel molar?

La revolución molecular, a diferencia de las otras más convencionales, cuestiona al mundo a partir desde el cuerpo sin órganos, y busca también satisfacer al deseo (es decir, al cuerpo sin órganos) sin necesariamente traducirse en guerrillas urbanas, ni partidos políticos, ni asambleas territoriales, como lo esperarían aquéllos que ven el asunto desde una mirada convencional. Sin embargo, sí existe un enfrentamiento a un «laberinto de confrontaciones infranqueables introducidas por una economía libidinal», el que puede ser atestiguado en las tendencias culturales presentes en las sociedades del Capitalismo Mundial Integrado.

Teniendo en cuenta lo anterior, cabe preguntar, ¿en qué nicho entraría un «Pinochet» el día de hoy? Y la verdad es que en ninguno.

¿Qué lugar podría tener un combate regular anti-subversivo cuando ni siquiera son rastreables los focos ya que hay tantos focos como personas envueltas? Por otro lado, tampoco es rastreable debido a que la revolución carece de una jerarquía: no hay nadie a quien seguir, no hay nadie a quien escuchar, no hay interlocutores válidos porque hay tantos interlocutores como ideas. Todas las tácticas para enfrentar la subversión convencional en las décadas pasadas hoy se quedaron cesantes y añejas. Tan solo se puede aspirar a identificar tendencias y patrones, los que pueden ir mutando conforme a las manifestaciones del deseo dentro de las multitudes.

Incluso, el combate a una guerrilla terrorista (o, más aún, un pequeño ejército) podría ser mucho más efectivo por parte de los efectivos del Estado, pues tienen características que los hacen predecibles, trazables y reconocibles. No obstante, el escenario hoy puede presentar, simultánea y coordinada pero descoordinadamente, a pobladores que desean sistema de reparto, ciclistas feministas anarcoveganas, pueblos indígenas (no muy feministas) que desean más protagonismo en la toma de decisiones, a activistas por los perros callejeros, y un sinnúmero de tribus y combinaciones posibles (como también imposibles). Ni todo el aparato de la DINA/CNI podría desmantelar la gran marcha de los cuerpos sin órganos.

Guattari también sentencia: […] no significa que la revolución molecular presente automáticamente una revolución social que sea capaz de dar a luz a una sociedad, economía y cultura que proporcione una alternativa al Capitalismo Mundial Integrado. Después de todo, ¿no fue una revolución molecular impulsada por el deseo lo que sirvió para allanar el camino para el ascenso del nacionalsocialismo al poder? Es importante recordar que cuando una revolución molecular abre los flujos de deseos es una apertura totalmente indeterminada, y tanto lo mejor como lo peor pueden salir.

Actualmente, estamos en ese interregnum: en el de la incertidumbre de la apertura indeterminada, esperando ya sea lo mejor, como lo peor.

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