La (Ariana) Grande Danse Macabre

Francisco Albanese

La música adolescente por lo general es vacía, vana, algo estúpida y apela al hedonismo y la comodidad, porque está guiada a los adolescentes de una generación estúpida, vana, algo estúpida, hedonista y cómoda. Por sobre todo, tiene la particularidad de atraer a adolescentes occidentales que viven desprendidos de la realidad, pues es difícil llevar mensajes esperanzadores y de bienestar a adolescentes de países ubicados en zonas de guerra, o sometidos a gobiernos totalitarios, o teocracias donde la libertad como concepto prácticamente es inexistente.

Ariana Grande es uno de esos iconos de la juventud millenial. Feminista, líder (?) de Instagram, vocera de las minorías y parte de la masa histérica que chillaba con la derrota de Hillary Clinton. Como líder de una juventud pacífica y que busca la máxima felicidad con el mínimo esfuerzo individual pero máximo esfuerzo social, Ariana Grande se ha posicionado contra todas las formas de violencia, discriminación y exclusión, algo no muy difícil, en vista de que su mensaje es el mismo de la hegemonía cultural actual.

Lo paradójico de esta juventud pacífica, humanitaria e igualitaria, es que puede serlo gracias a la violencia. Para lograr un clima de seguridad dentro del espacio donde se desarrolla una cultura, debe transcurrir tiempo, correr sangre, derramarse lágrimas y haber numerosas manifestaciones de fuerza. No es lo ideal, claro, pero es lo real. Hasta el momento, la historia de la Humanidad se ha desarrollado de dicha forma y no parece que vaya a cambiar dentro del corto ni mediano plazo. Por lo general, las fantasías progresistas donde la Humanidad estaría entrando en una nueva etapa de evolución de su conciencia –donde ésta se expandiría, alcanzaría un mayor entendimiento del mundo y del ser humano, y crearía una nueva humanidad más fraternal e igualitaria– ha sido sólo eso: quimeras. Quimeras vueltas delirios. Delirios vueltos pesadillas.

Y es que es una fantasía multicolor vuelta pesadilla cuando, producto del optimismo, el olvido, la culpa y las buenas intenciones, un pueblo decide intencionalmente ignorar las señales que impactan la vista como gigantescos anuncios de neón. Resulta curioso que los pueblos europeos, quienes se mataron los unos a los otros durante milenios aún perteneciendo a un tronco en común, sean permisivos ante pueblos culturalmente más distantes, y prefieran condenar a las voces que tratan de advertir los peligros de la inclusión de los elementos foráneos (por ser promotores del odio), en vez de condenar con mayor severidad a los que libran acciones –hechos concretos, no palabras de advertencia– que causan muerte y destrucción al interior de las fronteras de la cultura, es decir, el espacio por el que tanto se luchó por asegurarlo. No sólo se deja entrar al que siempre se lo consideró enemigo, sino que se le dan todas las garantías para que no se sienta ofendido ni amenazado por el odio y la violencia simbólica de los hospedadores.

Así, ocurre que hechos como los perpetrado por David Copeland –“The Nailbomber”–, quien tratando de desatar una guerra racial, en 1999 colocó artefactos explosivos que usaban clavos como metralla en barrios de inmigrantes en Londres, matando a tres personas, fueran catalogados y condenados de inmediato como horribles actos terroristas (que, en efecto, lo fueron), mientras que una explosión ocurrida en un recinto lleno de niños que desocupaban el lugar luego de un concierto, fuera tratada mediáticamente como un “incidente”. El uso de esta palabra no es casual, y compromete a la prensa como cómplice del estado actual: explosión + concierto de ídolo adolescente occidental decadente, muy difícilmente podría resultar en “incidente”, más aún con los antecedentes de los últimos 10 años, y sobre todo sabiendo que hay un grupo que no sólo detesta toda esta degeneración occidental, sino que, además, está librando una guerra contra ella, y contra Occidente en su conjunto.

Hasta el término del párrafo anterior, este artículo se escribió un par de horas luego del atentado, cuando aún no se sabía la identidad del autor. Por lo visto, no era necesario saberla.

Esperemos, entonces, que luego de la experiencia respecto de las acciones tomadas posterior a los atentados del 7 de Julio de 2005 en Londres –donde 56 personas murieron– es decir, ninguna efectiva, por algo este hecho ocurrió, y con un marco histórico distinto (con un Reino Unido en proceso de separación de la Unión Europea), el país pueda reconquistar su seguridad, y brindar las condiciones para que se desarrollen espectáculos de la música desechable que tanto le gusta consumir a su juventud.

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