Chauvinismo Occidental: distintas manifestaciones de egoísmo cultural

Francisco Albanese

Si hay una cosa en la que concordamos perfectamente identitarios (o alt-right) y liberales (ya sean en su versión digna (libertarios) como en su versión descafeinada (progresistas), es en que Occidente es lo máximo. Por supuesto que algunos, en el caso de la alt-right (y la alt-left también) y los libertarios de derecha, somos más desvergonzados en reconocer de manera explícita las bondades occidentales, mientras que las corrientes más culposas de su propia identidad étnica y cultural (progresistas, libertarios de izquierda) hacen una valoración más bien implícita.

¿Por qué habríamos de negarlo? No es difícil apreciar y valorar las bondades de Occidente, sin embargo, la manera en que éstas son valoradas y la manera en cómo se es aceptada la pertenencia a la civilización occidental puede marcar la diferencia en la continuidad de ésta. Empezaré una breve revisión de la valoración occidental desde lo más radical, hardcore y vitalista, hasta lo más liviano, softcore y suicida.

La línea identitaria paneuropea, sea en su vertiente alt-right o alt-left (aquella vertiente que defiende principios y causas históricamente asociadas a la Izquierda, pero divorciadas de la corrección política y el etnomasoquismo, algo así como una Izquierda occidentalista orgullosa, anti-SJW y realista) valora a Occidente y todo lo que lo compone, esto quiere decir que no sólo somos chauvinistas y etnocéntricos, sino también valoramos a la raza y a las etnias que componen y le dieron forma a la civilización occidental. Creemos firmemente que sin este componente biológico, nada de lo que la civilización occidental es podría haber sido: rascacielos, valores, logros tecnocientíficos, estructuras sociales, comercio, cosmovisión, credos, estereotipos de belleza (nuestras mujeres son las más bellas. Punto final.) música, cine y un sinnúmero de cosas que tanto nos gustan y gustan a otros pueblos, no hubieran sido posibles de no ser por el sustrato humano específico que engendró las culturas europeas que han dado paso a la civilización. Somos los racistas, los que no tenemos cerebro, los rednecks y los que usamos ‘argumentos pseudocientíficos’ del pasado para decir que somos distintos a otros grupos humanos en un universo de igualdad y constructos sociales. No obstante, pese a la alta valoración de lo occidental, no aspiramos a la universalización de lo occidental, por lo que nos tiene sin cuidado que otros pueblos no adopten la cultura occidental, y no nos metemos con ellos ni los vemos como enemigos, siempre y cuando se mantengan fuera de nuestras fronteras.  Incluso, algunos de nosotros no vemos con buenos ojos que otros pueblos no occidentales adopten nuestras formas, pues consideramos que éste es un patrimonio que nos pertenece — somos culturalmente egoístas. Leemos libros y papers que nadie leerá porque, como hablan de diferencias biológicas que echan por tierra los esfuerzos de una agenda internacional de igualitarismo y universalismo, son “poco serios”. Aún así, no tememos en afirmar que la raza importa, el sexo importa, el IQ importa y la cultura importa. Por esta razón, somos reacios a los flujos inmigratorios de individuos pertenecientes a etnias no europeas.

‘Igualdad’ destruida en un gráfico.

La línea libertaria de Derecha, más chauvinista que racista, tampoco guarda mayores sentimientos de culpa con el hecho de ser occidentales. ¿Por qué habrían de hacerlo? Son las culturas occidentales las que han engendrado al libertarianismo, las que más respetan la libertad individual, las que más respetan a la individualidad misma y son las que crean mejores climas de tolerancia al interior de la sociedad, dando la oportunidad, incluso, a la convivencia respetuosa (dentro de lo posible, claro) de ideas antagónicas dentro de una misma sociedad. El libertarianismo de Derecha valora altamente que en Occidente pueda existir una conjunción saludable entre libertad individual (valórica) y libertad económica, que es lo que no ocurre en los paraísos capitalistas asiáticos. A diferencia del grupo identitario, más cerrado, los libertarios de Derecha ven como positiva la expansión de la hegemonía occidental en países que están más allá de la órbita cultural europea, y no les es problemático que otros pueblos adopten modelos occidentales — son culturalmente poco egoístas, pues piensan que como la civilización occidental es lo mejor, todos los pueblos de la tierra deberían imbuirse de ella. Sin embargo, dentro del libertarianismo de Derecha se mantiene el culto a la libertad creado por los pueblos mencionados en el grupo anterior, por lo que la visión respecto a la observancia de un cuidado del patrimonio genético es más bien flexible, dando prioridad al tema cultural aunque no desconociendo lo biológico. Respecto a la inmigración, este grupo no tiene problemas con la recepción de individuos de etnias ajenas a Europa, siempre y cuando respeten la cultura de la sociedad huésped.

Los progresistas, al igual que los grupos anteriores, valoran enormemente las manifestaciones de Occidente, especialmente aquellas virtudes cívicas como la tolerancia, el diálogo, la diversidad (de los tipos más insospechados) y, en general, todo lo que tenga que ver con la convivencia pacífica de distintos grupos al interior de la sociedad. Creen que no hay moral más alta que la suya, es decir, moral occidental, y creen que todos deberían apuntar a esa moral elevada: salir de la barbarie y caminar por la senda civilizada que conduce a una sociedad libre, abierta e inclusiva. Pese a esta alta valoración de lo occidental, el progresista —que como buen hijo de la comodidad otorgada por culturas guerreras, es pacifista, apólogo de la debilidad y mentalmente matriarcal— siente vergüenza de los hechos gracias a los cuales hoy puede vivir en la sociedad en la que vive, vergüenza del bienestar y del buen pasar existentes dentro de los márgenes de la civilización, y tiende a rechazar, por lo menos en discurso, su identidad cultural y hasta biológica. Por esta razón, aun cuando valore a la civilización occidental, buscará eufemismos para disimular esto, arrancando el valor de Occidente del etnocentrismo, entregándolo como un bien universal. Así, el progresista no hablará jamás de Occidente si es que no es con una connotación negativa, sino que preferirá hablar de la Humanidad: logros de la Humanidad, el bienestar alcanzado por la Humanidad, el nuevo paradigma en el que está entrando la Humanidad, etc. Paradójicamente, esto esconde un profundo desprecio por los demás pueblos, hordas de incivilizados, a los que la Humanidad, i.e., Occidente, aún no ha llegado. Para ellos, esos pueblos no tienen logros y se encuentran cercanos a los animales irracionales, razón por la cual son inocentes de sus actos, de la misma manera que un perro es inocente por morder un ciclista o un conejo es inocente por robarse una lechuga. El problema es que como el progresista libera de culpa a los pueblos —para su mirada— inferiores, existe una exoneración permanente ante los actos cometidos por los miembros de estos pueblos, a los que considera por defecto inocentes, y se ciega a ver la realidad porque, para la elevada moral progresista, el prejuicio es fruto de la ignorancia y la barbarie, y nadie quiere ser ignorante ni bárbaro. Impulsan sus políticas culturalmente poco egoístas país por país a través de Occidente, dejando abiertas las puertas para que aquéllos que aún están en los primeros estadios de la Humanidad, se impregnen de ella. Pese a que la mayoría de ellos poseen estudios y un bagaje cultural amplio, tienen una baja capacidad de internalizar el conocimiento y de visibilizar el fracaso: cuando han fracasado en su misión civilizatoria y ven que a quienes dejaron entrar no se están comportando como la Humanidad a la cual aspiran, buscan otro lugar al cual transformar en una creación de amor, paz, tolerancia y fronteras abiertas.

Como podemos apreciar, la valoración de lo occidental está presente de manera transversal a las visiones políticas. No obstante, la manera en la que se acepta la existencia de una identidad y el mantener cierto grado de egoísmo cultural pueden marcar la diferencia entre mantener un Occidente con sus bondades y virtudes, o terminar transformándolo justamente en la pesadilla fruto de la barbarie de la que algunos, con tanto temor, quieren escapar y ver como algo remoto.

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