La inmigración según sexo y su relevancia para el identitarismo y el libertarianismo

Francisco Albanese

Tanto para el identitarismo como para el libertarianismo de derecha, la inmigración está siendo un asunto que cobra una importancia medular conforme al número de masas que se desplazan de un lado a otro aumenta. Más allá de las voluntades y propuestas que pueda tener cada una de estas formas de pensamiento, los procesos migratorios ocurren de manera paralela y casi imparable, ya que están amparados e impulsados por los estados centrales. Si bien el identitarismo y el libertarianismo no son conceptos excluyentes, ambos muestran preocupación respecto al tema inmigratorio por distintos motivos. Afortunadamente, y luego de años recibiendo masas provenientes de países en vías de desarrollo, existe cierto consenso respecto a que el problema no es la inmigración per se, sino el tipo de ésta. El tipo (raza, etnia, cultura) de la masa inmigrante puede influir de manera negativa o positiva en el proceso de colonización del suelo hospedador.

Además de lo anterior, desde el libertarianismo (de derecha) y el identitarismo, la preocupación por la inmigración proveniente de países subdesarrollados también puede abordarse en relación al sexo de las masas migrantes, pues es una variable influyente en el comportamiento de los individuos del flujo inmigratorio colonizador.

Para el libertarianismo, los principales problemas con la inmigración proveniente de países subdesarrollados están relacionados con sus acciones, es decir, con el hacer. Primeramente con el aprovechamiento –o, mejor dicho, drenaje– de los beneficios estatales (y, por ende, el saqueo de lo recaudado a los contribuyentes) por parte de las masas migrantes; y, en segundo lugar, con la observancia deficiente de la institucionalidad y cultura del país hospedador por parte de las masas migrantes. Esto último no sólo es visibilizado a través de la criminalidad relacionada a la fracción migrante, sino mediante las formas de vivir diferentes a los estándares de la sociedad nativa y hospedadora, donde diferente es un eufemismo para decir deficiente. Sin ir más lejos, podrían ponerse como ejemplos los estándares diferentes de los modos de vida de la sociedad haitiana, claramente deficientes.

Para el identitarismo, los principales problemas con la inmigración proveniente de países subdesarrollados están relacionados con su origen, es decir, con el ser. Aun cuando el país presenta una sociedad de carácter multirracial y multicultural, la diversidad étnica dentro del territorio ha presentado cierta estabilidad histórica, con una hegemonía cultural europea que ha contribuido al respeto por la institucionalidad. La preocupación del identitarismo, para el caso de las distintas poblaciones nativas –no necesariamente originarias– presentes en el país, es que estas identidades étnicas se mantengan en el tiempo y no desaparezcan como tales. El etnocidio, es decir, la destrucción de un grupo étnico o de su cultura, puede ocurrir por el descenso de los nacimientos de un grupo humano y su posterior reemplazo por parte de otro grupo, o por la promoción de la negación, condena y criminalización de sus manifestaciones culturales y de todo tipo de autoidentificación étnica (sobre todo de los grupos humanos más “favorecidos”, i.e., eurodescendientes). Las masas inmigrantes proveniente de países subdesarrollados están compuestas, en su inmensa mayoría, por individuos de grupos étnicos afrodescendientes o mixtos, siendo una amenaza tanto para el acervo genético nativo (europeo y originario) como para la hegemonía cultural europea y de los pueblos indígenas que han residido históricamente en el país.

Como el problema migratorio para el libertarianismo pasa por ser un asunto de bocas que hay que alimentar, sus dardos apuntan hacia la inmigración femenina, es decir, la productora de bocas hambrientas y principal usuaria inmigrante de los recursos del estado: salas de maternidad en hospitales públicos llenas de camas con mujeres provenientes de países subdesarrollados. Como si no fuera suficiente con asistir y subsidiar los partos, el Estado, además, trata de garantizar derechos (es decir, cubrir necesidades a costa de los contribuyentes) a los futuros ciudadanos. No es un prejuicio basado en ignorancia el suponer que muchos de estos nuevos ciudadanos terminarán engrosando los círculos de la marginalidad, presentando hacinamientos, participando de tomas de terreno, volviéndose beneficiarios de ayudas escolares y sociales no sólo por condiciones socioeconómicas deficientes sino por el hecho de pertenecer a familias extranjeras (siendo sus probabilidades de recibir ayudas en forma de becas y créditos mayores a la de la población nativa perteneciente a sectores vulnerables). En vista que la fracción inmigrante femenina presenta más probabilidades de vivir de la seguridad social y la beneficencia privada –como, por ejemplo, por dedicarse exclusivamente a la maternidad–, algunos prefieren que las masas inmigrantes sean de sexo masculino pues tienen menos probabilidades de vivir del asistencialismo, y producen menos bocas para alimentar.

Como el problema migratorio para el identitarismo pasa por ser un asunto de reemplazo genético y cultural, sus dardos apuntan hacia la inmigración masculina, ya que ésta funciona como punta de lanza de la colonización de los vientres nativos. Guillaume Faye plantea la peligrosidad de la inmigración no blanca masculina en su libro Sexe et dévoiement[1] (Les éditions du Lore, 2011):

Biológicamente, la desaparición de un pueblo, una etnia, o una raza se logra principalmente por medio de la mezcla de otros con sus mujeres, es decir, con sus vientres. La unión de una mujer de raza X con un hombre de raza Y es mucho más peligroso para la raza X que para la raza Y, porque las mujeres son el reservorio biológico y sexual de una raza, un pueblo, un patrimonio genético — no los hombres. De hecho, una mujer sólo puede tener un número limitado de hijos durante su vida, mientras que el hombre puede generar una multitud con cualquier cantidad de mujeres fértiles. Los demógrafos sólo definen la fertilidad y la renovación de la población en términos del número de hijos por mujer, por maternidad y no por paternidad.

Una revisión superficial de los grupos de redes sociales nucleados en torno a la comunidad inmigrante haitiana dará cuenta que éstas están dominadas ampliamente por hombres (de raza negra) en una deliberada, desenfrenada y explícita búsqueda de parejas sexuales más allá del meme de la ‘residencia definitiva’: acoso insistente a mujeres, promoción de la mezcla entre inmigrantes hombres y mujeres nativas, reconocimiento y apología de la promiscuidad e infidelidad de los individuos de sexo masculino (características presentadas como algo gracioso y admirable), promoción del mestizaje y de la natalidad mixta como algo positivo y deseable, etc. Por supuesto, numerosas mujeres participan de estos foros ofreciéndose como vulgar mercancía, cosificándose a sí mismas y permitiendo ser cosificadas. Por otro lado, los numerosos activistas contra el acoso femenino que pululan en las redes sociales prefieren evitar denunciar estos actos, ya que su denuncia al machismo queda anulada frente a la posibilidad de discriminar a un grupo minoritario/oprimido/vulnerable.

La colonización de vientres no sólo puede afectar a las masas eurodescendientes y a las poblaciones originarias, sino también a las masas mixtas, reemplazando generacionalmente su etología, su rendimiento escolar y sus dinámicas sociales, inclinando sus tendencias hacia la de las sociedades caóticas desde las cuales provinieron los flujos migratorios que acceden al espacio conosureño.

Si bien la preocupación libertaria sobre el drenaje de los recursos por parte de las masas migrantes es válida, hay que comprender lo prioritario de evitar la colonización genética: el respeto por la institucionalidad, la libertad, el orden y tantos otros elementos de nuestra preferencia y estima son propios de los pueblos europeos occidentales y se han logrado imponer culturalmente –con distintos grados de éxito, entiéndase como colonización– por sobre las masas originarias y mixtas, mientras que las masas migrantes de los países subdesarrollados no sólo no destacan por su respeto a los valores occidentales, sino que tampoco han levantado sociedades que se acerquen a los estándares de los países del Cono Sur de América, y mucho menos a los países europeos ni a los de la angloesfera.  No sólo no basta con evitar el drenaje de recursos y la ocupación de espacios urbanos con estándares deficientes, sino que debe entenderse la amenaza que ejercer la colonización de vientres sobre la diversidad cultural y étnica nativas y cómo ésta va minando los preciados estándares libertarios y occidentales del respeto, la responsabilidad y la libertad.

Notas.

[1] https://altright.com/2016/09/20/the-race-mixing-imperative/

 

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